Pepe pronunció las últimas frases con la serena altivez de quien, dueño de su voluntad y seguro de su fuerza, está resuelto a exigir obediencia: la menor provocación hubiese trocado en violencia su energía. La extrema palidez del rostro, demudado por la cólera, los labios trémulos y la terca obstinación de sus miradas, intimidaron a Tirso que, esquivando encararse con su hermano, le dijo fríamente:

—Abur.

—Ve en paz.

Entró el cura en su cuarto y Pepe en su alcoba.

Así se separaron.

Pepe se fue por la mañana temprano a su trabajo, evitando ver de nuevo a Tirso: éste conversó breve rato con la madre y luego entró en la alcoba de don José.

—¡Adiós padre—le dijo—hoy me marcho... ahora mismo!

El viejo, que la noche pasada había escuchado confusamente el rumor de la conversación de ambos hermanos, adivinó la causa de aquella despedida; mas nada hizo por evitarla. Su respuesta fue prueba de que comprendía cuanto había ocurrido.

—¡Adiós, hijo mío: sé dichoso y acuérdate alguna vez de nosotros!

—¡Adiós, padre; rogaré al Señor por ustedes!