En seguida Tirso sacó a rastra sus dos baúles hasta el pasillo, diciendo a Leocadia:

—Hasta luego: ya vendrán por eso.

Y bajó la escalera inmutable, con los ojos enjutos.

XXVIII

El remedio fue enérgico, pero tardío; la determinación de Pepe resultó estéril.

Tirso logró, por mediación de la Condesa, que, a más de su sueldo de capellán, le diera la cofradía habitación y luz, prestándose a ello las Hermanas cuando supieron que se trataba del agente encargado de facilitar la adquisición de los terrenos de don Luis de Ágreda.

Doña Manuela pasaba las mañanas en las iglesias, frecuentando hasta las más lejanas de su casa, y las tardes en la Limosna de la luz, de donde solía volver cuando encendían los faroles de las calles. Leocadia, obligada por la fuerza de las circunstancias y quizá temerosa de su hermano, cuidaba algo más al padre; mas también volvió a las andadas.

Una tarde, al regresar Pepe de la imprenta, la encajera del portal le dijo que la señá Manuela y la señorita acababan de subir.

—Pero, ¿han salido las dos?

¡Anda! a media tarde ¡si paece que andan too el día pingando!