—¿Por qué no viene mamá? ¡Responde!

—Porque ahora tienen guardia las vigilantas cada ocho días.

—¿Qué dices de vigilantas? ¿Qué tiene mamá que ver con eso?

—Si hubiéramos hecho lo que dije, no pasaría esto. Ella no te lo ha querido decir... y ahora aguanto yo el chubasco... Pues, nada, que la han hecho vigilanta y tiene una guardia por semana, y hoy le toca.

—¿Pero vigilanta de qué?

—De la hermandad. Las muchachas del taller van a las ocho, y a esa hora tiene que estar allí para que no alboroten y para distribuir o recoger labor.

Pepe la escuchó asombrado.

—¡Mi madre convertida en criada de monjas!—gritó con rabia. Los ojos se le arrasaron de lágrimas, y al cubrirse el rostro con las manos, por no entristecer más a su padre, vio que su precaución era inútil: el viejo lloraba también.

—¡Padre, padre de mi alma, nos vamos a quedar solos!—dijo, arrojándose en sus brazos.

—Tú no me dejarás, ¿verdad, hijo?