¡Qué larga se les hizo aquella noche! ¡Cuántos proyectos, qué de remedios imaginó Pepe, y con qué crueldad le dijo la razón fría que eran todos irrealizables! Don José, desvelado por la emoción sufrida, pasó en continua queja las horas, y aun así sufrió menos que su hijo: Leocadia se acostó desagradablemente impresionada, pero al poco rato se durmió: Pepe, sentado junto a la cama de su padre y apoyada en su misma almohada la cabeza, oyó sonar en el reloj todas las horas de la noche. Al amanecer abrió el postiguillo del balcón, y entonces la luz triste del alba, iluminando débilmente la alcoba, mostró vacío, junto al viejo, el sitio de la madre. La muerte y no la ausencia, parecía haberla arrancado de allí. Pepe miró hacia la cama y, al no hallar sus ojos la cabeza tantas veces besada, los cerró, como si fuera preferible cegar a ver lo que veía. Entrada la mañana, salió al comedor, llamando a Leocadia para que preparase el desayuno del padre, y la encontró en la cocina sentada en una silla, puesto ante otra el espejo, llena la falda de horquillas y concluyendo de hacerse un peinado complicadísimo.

A las nueve llegó doña Manuela, y Pepe, oyendo sus pasos en la escalera, la abrió la puerta antes de que llamase.

—Mamá—la dijo—no tengo autoridad sobre tí; pero reflexiona lo que estás haciendo y, si aún nos quieres...

No supo seguir y, arrojándose de rodillas à sus pies, la cogió una mano, que cubrió de lágrimas y besos.

—¡Hijo, por la Virgen del Carmen! ¡No es para tanto! ¡Ni que me hubiera muerto!

En seguida, viendo desde el pasillo que Leocadia estaba en la cocina, gritó:

—¡Mira, Leo, hazme a mí también chocolate, que vengo desfallecida!

Pepe se apartó para dejarla pasar, y sin poder ni querer contenerse, exclamó con ira:

—¡Maldito sea el fanatismo, que engendra tales cosas!

Millán permaneció en Ávila durante algunas semanas, hasta dejar establecida y en actividad la imprenta cuya fundación le fue confiada. Cuando regresó a Madrid, le dijo Engracia que Pepe había ido a verla casi todos los días, y que estaba agradecida a sus atenciones, especialmente a lo cariñoso que se manifestó con el niño; de suerte que Millán, apenas vio a su amigo, le dio gracias por el buen cumplimiento del encargo, y como estuvieran solos en el cuarto donde Pepe trabajaba, sin temor de que nadie viniese a molestarles, hablaron así: