—¿Está Vd. segura?

—Como de que estos pelos fueron negros—repuso, mostrándole el moño encanecido.—Yo, la verdad... si hubiá sido otra cosa, vamos al decir... novio toas las chicas lo tienen; pero que se hable con un cabayero... ma parecío mu feo, porque los señores, cuando buscan mocitas... ya sabusté pa lo que las quieren...

Pepe, avergonzado y mohíno, esquivó la mirada: la ira y el rubor le sellaron los labios.

—¡Me está Vd. dando lástima! Vamos, don Pepito, que no sé como tié Vd. pacencia. La señá Manuela, con los años, es más vieja que yo, no sabe ya lo que se pesca; pero esa chica, si no la ata Vd. corto, se va a hacer una estrozona... de esas que andan por ahí.

—Descuide Vd., que yo pondré remedio. A ella no le diga Vd. nada, y muchas gracias por el aviso.

El segundo disgusto fue adquirir el convencimiento de que, tal vez muy pronto, le agregarían a un cuerpo y que, en cuanto esto sucediera, tendría que salir de Madrid el día menos pensado.

La guerra, extendiéndose y encarnizándose, obligaba al Gobierno a emplear recursos extraordinarios: a cada noticia del levantamiento de partidas o del engrosamiento de las que ya existían, era necesario enviar nuevos refuerzos a las Provincias Vascas, a Cataluña, a Navarra y al Maestrazgo. El Ministerio de la Guerra, las Direcciones de las Armas y otros centros militares, estaban llenos de soldados y oficiales que, protegidos por recomendaciones, habían encontrado medio de burlar su mala suerte, librándose de incorporarse a sus batallones; y el abuso adquirió tales proporciones, que fue preciso evitarlo.

Cuando más tranquilos estaban los interesados, se dio la orden de que, en el plazo de tres días, todos los individuos colocados en las dependencias del Ministerio en los seis últimos meses ingresaran en sus respectivos cuerpos, cualquiera que fuese su procedencia; y como esto significaba la ineludible precisión de salir a operaciones de la noche a la mañana, Pepe decidió llevar a término su propósito. Respecto a su padre, todo lo tenía previsto: lo que había de hacerse era tan sencillo como triste; trasladarle en una camilla a casa de Engracia, y llevar luego su cama, sus ropas y algunos muebles, más útiles para conservados que para vendidos. La dificultad estaba en la determinación que tomaran doña Manuela y Leocadia. ¿Qué harían? De obstinarse en seguir viviendo en la calle de Botoneras, ¿con qué recursos? Y para buscar otra habitación, ¿de qué medios dispondrían? No se ocultaba al claro entendimiento de Pepe que, aun estando harto de razón, no debía arrojar a la calle a su madre y su hermana; mas también veía que el fanatismo de doña Manuela y la ulterior conducta de Leocadia podían dar por resultado durante su ausencia el total abandono del pobre viejo.

—Habla tú con ellas—dijo Pepe a Millán, tratando de esto. A mí me falta valor, y puede también que me falte calma.

—Veré a tu madre... Con Leo no hablo.