—Como quieras.
—¿Cuándo te parece que dispongamos el trasladar a tu padre?
—Eso se hace en una mañana. Lo principal es que las hables. ¡Si las tocara Dios en el corazón! ¿Y qué hago yo si no quieren irse de la casa?... y aunque se presten a ello, ¿dónde se van a meter y cómo van a vivir? ¡Parece mentira que hayamos llegado a tener que pensar en esto!
No quiso Millán buscar a doña Manuela en su casa, por no ver a Leocadia; mas deseoso de cumplir el difícil encargo de Pepe, fue a la Limosna de la luz. El primer viaje lo hizo en balde: doña Manuela se negó a recibirle. A la segunda tentativa, le dijeron que no podía salir porque estaba en adoración, pero que rogaba dijera al capellán, su hijo, lo que tuviese por conveniente.
Entró Millán en el mismo cuarto de visitas donde días antes fue recibido Pepe, cuando pretendió ver a su madre, y a los pocos minutos se presentó Tirso. A pesar de lo muerto que, por obra del cariño de Engracia, estaba el amor de Millán a Leocadia, la presencia del cura le impresionó desagradablemente, recrudeciéndose en su corazón el enojo hacia aquel hombre, que dio al traste con sus primeros amores. No se resistió por ello a habérselas con el cura: la ocasión venía rodada para tratarle sin miramientos y, además, siempre era mejor entenderse con él que con su madre, cuya bondad pasada no existía, y cuya cortedad de entendimiento no se habría, de fijo, corregido. Prefirió el riesgo de tener una escena violenta con el hombre, a la perspectiva de luchar con la debilidad o la resistencia pasiva de la anciana.
—¿En qué puedo servirle?—le preguntó Tirso.
—Vengo de parte de Pepe. (Sentándose).
—¿Qué quiere ese desdichado?
No era necesario tanto para acibarar el diálogo.
—Pues ese desdichado ha tenido un rasgo, para salvar a su padre de la miseria, que no sé si Vd. sabrá apreciar, ocupado, como aquí está, en cosas más serias...