—Supongo que no habrá Vd. venido a ofenderme ni a profanar esta santa casa—repuso el cura, poniéndose en pie.
Millán continuó imperturbable, hablando sin levantarse de su asiento.
—En pocas palabras pondré a Vd.. al corriente de lo que ocurre. Pepe no podía ver con indiferencia que la miseria se le iba entrando por las puertas de la casa y que sus esfuerzos eran inútiles para evitarlo. El aseo, el orden, el arreglo y la economía de doña Manuela y de Leocadia, ayudaban antes a que la familia viviera en paz y desahogadamente; él, con su trabajo, buscaba lo que hacía falta, y ellas, con sus habilidades y cuidados, suplían lo que el dinero no lograba.
—Vivían desdichadamente sin Religión...
—Vivían felices sin reñir nunca por nada, sin que hubiese entre ellos la menor desavenencia, hasta que Vd. llegó a Madrid. A los quince días varió la decoración.
—Repito que no toleraré...
—Un poco de paciencia y acabaremos pronto. Traigo propósito de que me oiga usted. En unos cuantos meses, no sólo han llegado a escasear todos los recursos, sino que la actitud de doña Manuela y de Leocadia esteriliza los pocos de que se puede echar mano. Un hecho hay que refleja lo que sucede: esa pobre señora ha llegado al extremo de faltar a su casa por la noche. En cuanto a Leocadia, ¡sabe Dios como acabará! pero se me figura que no se inclina al amor místico. La jubilación de don José está empeñada no sé por cuántas mensualidades, y lo mismo sucede con todo lo que a esa familia le quedaba de algún valor. Pepe no podía sostener la casa sin ayuda de su madre y su hermana; el jornal que gana en mi establecimiento era insuficiente... No ignora Vd. los gastos que ocasiona la enfermedad de su padre. Para terminar, Pepe ha adoptado una resolución propia de su carácter: ha entrado en el ejército como sustituto, para poder disponer de una cantidad de alguna consideración que le permita hacer frente al conflicto; y en vista de que ya no tiene, o como si no tuviera, madre ni hermana, ha resuelto que don José viva en compañía de quien le cuide y atienda. Hemos procurado que Pepe no saliera de Madrid; pero las circunstancias pueden más que nosotros, y ha sido destinado a un cuerpo que quizá de un momento a otro reciba orden de marchar...
—Y ¿qué tengo yo que ver con todo eso?
—En una palabra, Pepe se hace cargo de su padre, porque comprende que dejarle con doña Manuela sería peor que dejarle solo. En cuanto a esa señora y su hija, mi amigo no puede tomar igual determinación, y, aunque la adoptase, sería en balde. ¿Ella no quiere recibirme? Pues Vd. verá lo que deciden.
—Yo, ¿qué he de decidir? Nada.