—Sí, y de paso evitaré que tenga Vd. que cargar con el enfermo.
Enfadado Millán con tal grosería, sólo atendió a mortificar al cura.
—No hablemos más—le dijo—es Vd. incapaz de comprender el rasgo de su hermano, ni el deseo que me ha traído aquí. Ha hecho Vd. en su familia el papel de la zizaña en el sembrado.
—¡Parece mentira que se atreva Vd. a hablar así trayendo el mensaje que acabo de oír! ¡Y aún tienen ustedes valor para acusarme! Este es el fruto que han dado el infame ateismo de mi hermano y la punible tolerancia de mi padre. Vea Vd. cuán fundados eran mis temores. Ni siquiera ha tenido valor para venir él mismo.
—Dé Vd. gracias a Dios de que no lo haya hecho, que no hubiese Vd. salido bien librado. Pepe está seguro, y con razón, de que usted es el responsable de cuanto está ocurriendo. La irritación de su ánimo es tal que, la verdad, más vale que no se vean ustedes.
—Obré como me aconsejaba mi conciencia. No tengo la culpa de que, por haber comprendido mi madre y mi hermana que debían variar de conducta, hayan llegado las cosas a este punto. En fin, esto se acabó; mas tenga Vd. presente que yo no he sido quien ha causado la ruina de la casa: yo no hice sino recomendar la observancia de los deberes religiosos. En cuanto a lo de que mi hermano pudiera propasarse conmigo,—añadió sonriendo como guapo amenazado—mire Vd., tampoco a mí me faltan bríos.
La descarada sonrisa del cura y su ademán de amenaza, sacaron de quicio a Millán.
—No necesita Vd. insistir en ello: conozco esa mansedumbre perfectamente sacerdotal.
—¡Caballero!
—Hombre, casi me alegro de que me haya usted dado ocasión de desahogarme. Con los santos, mucha humildad; con los hombres, todo soberbia. Por dar lustre al altar, sería usted capaz de lavarlo con sangre, y robar para adornarlo. Aquí concluyó nuestra entrevista. Ahora, recomiende Vd. a su madre que haga penitencia, o que bese alguna reliquia, para que Dios la perdone el mal causado.