—No, alma mía. Habla sin miedo.
—Mira, Pepe: yo tengo ahorritos de lo que papá me da todos los meses para alfileres: muy poco... ¿lo quieres? No para tí, no; para tu padre.
—No, vida mía, gracias: no quiero nada.
—Pues dime que no te ofendes porque te lo haya dicho.
—Tú no puedes ofenderme, aunque quieras.
Paz cogió a su novio la mano, y viendo que llevaba en ella el anillo que le había dado, se la acercó a su pecho, oprimiéndosela fuertemente, mientras, mirándole con fijeza, le dijo:
—Te llevas mi alma, Pepe, y la promesa de que no seré de nadie más que tuya.
—Yo te juro que ni he querido, ni querré nunca más que a tí.
Ella entonces, en un arranque de impudor admirable, sin sombra de torpeza en el pensamiento, le echó al cuello los brazos, murmurando suplicante en su oído:
—¡Bésame!