No sabía el pueblo despedir a los suyos de otro modo.
Luego que el batallón pasó, la calle volvió a quedar casi desierta, huérfana de animación y ruidos: durante unos minutos continuó oyéndose cada instante más débil el sonar de las trompetas, se cerraron los balcones y tornáronse los chicos a sus juegos.
La tropa debía subir toda la calle de Atocha y atravesar la Plaza Mayor, dirigiéndose por la calle de Bailén y el paseo de San Vicente a la estación del Norte, pero entre la plaza de la Bolsa y la Concepción Jerónima halló cortado el paso por una ancha zanja que los braceros de la villa habían hecho para colocar cañerías. Fue preciso variar el itinerario y bajar por la calle de Carretas a tomar la del Arenal. Cuando los soldados atravesaron la Puerta del Sol, nadie les hizo caso. La escena fue rápida y triste: a una parte alegría, voces, trallazos y ómnibus tomados por asalto: al otro lado, el batallón desfilando entre dos hileras de vagos, vendedores y curiosos. El jefe miró con desprecio a las turbas; y Pepe, que iba como alférez en su puesto, pensó que acaso tuvieran razón los que dicen que el pueblo es indigno de la libertad.
XXXIV
Había trascurrido un mes desde que salió Pepe de Madrid. Engracia, conocedora de la estrecha amistad que existía entre él y su amante, cuidaba cariñosamente a don José, quien viéndose bien atendido se acordaba poco de los suyos. En la Limosna de la luz, doña Manuela fue ascendida de vigilanta a inspectora, gozando más sueldo y mejor habitación en el domicilio de la hermandad, y a Leocadia se le adjudicó la plaza que dejó vacante su madre, favores que ambas recibieron de la Condesa de Astorgüela, cada día más esperanzada en el éxito de la misión que confió a Tirso. Éste, lejos de hallar atractivo en la vida cortesana, iba sintiendo hastío de ocuparse en empresas inferiores a las que soñó su entusiasmo. Enviado a Madrid como agente de los elementos que impulsaban la guerra civil—causa que le parecía justísima—cumplió su misión y recibió orden de esperar: luego, por procurarse recursos, y al propio tiempo por deseo de contribuir de algún modo al triunfo de sus ideas, pronunció sermones que le dieron cierta notoriedad y admitió el cargo que disfrutaba en las Hijas de la Salve; pero ni bastaban a satisfacerle los elogios de las sacristías, ni le sonreía la idea de haber dejado su curato para ser capellán de monjas. Todo aquello le parecía mezquino; no había él salido de su retiro para tan miserables empeños. En un principio le preocupó bastante la impiedad que devoraba a su familia, pero este mal estaba ya conjurado en gran parte. Respecto a la negociación que le confió la de Astorgüela, también imaginaba haber conseguido lo principal, que era provocar el apartamiento entre Paz y su novio: el resto, otro lo haría. La estancia en Madrid comenzaba a serle desagradable, pues nunca imaginó servir a la buena causa en pequeñeces y menudencias, sino en lo más importante y principal, que era agotar todos los medios capaces de levantar el país contra los gobiernos revolucionarios, perseguidores de la Iglesia. En tal disposición de ánimo se hallaba cuando le mandó llamar la de Astorgüela y, recibiéndole en la misma habitación que la vez primera, celebró con él una entrevista, en que acaso se dibujaron dos tendencias de un mismo partido y en que Tirso halló ocasión de manifestar brava y noblemente sus ideas.
La de Astorgüela, sentada en una gran butaca, vestida con severa sencillez y expresándose siempre con dulzona amabilidad, recordaba algo las figuras de aquellas mujeres influyentes en la política francesa del siglo XVII de quienes cuentan raras cosas las crónicas: diríase la querida de un cardenal recibiendo a un clérigo provinciano. Tirso estaba menos cohibido ante ella que en su primera visita, porque ya se habían hablado algunas veces en las juntas de la hermandad.
—¿Sigue Vd. contento en Madrid?—le preguntó la Condesa, indicándole que tomara asiento.
—Trabajo no falta, y algo me distrae; pero mi situación va siendo anómala, y esto me desagrada bastante.
—Estamos, sin embargo, muy satisfechos de Vd.
Aquél estamos sonó mal en los oídos de Tirso: juzgaba que la debía agradecimiento por el apoyo que le dispensó; pero fuera de lo referente a la hermandad, no reconocía en ella autoridad para aprobar o condenar sus actos, molestándole lo que alardeaba de su influencia en asuntos políticos que se rozaban con la Iglesia.