—Pues, señora, en realidad no tengo grandes motivos para estar contento, aparte las atenciones que he merecido de Vd. Yo vine a Madrid para una cosa... y estoy sirviendo para otra. Llegué aquí con una misión delicada... honrosa por el peligro que entrañaba... y estoy casi convertido en capellán de monjas. Harto sabe Vd. que mi propósito era ayudar más eficazmente a lo que todos deseamos.
Ella entonces, por darle a entender que no fue llamado para manifestar sus deseos, sino para cumplir los ajenos, varió el rumbo de la conversación.
—He dicho a Vd. que su conducta merece elogio, y así es, efectivamente. Según mis noticias—y ya sabe Vd. que todo lo averiguamos cuando es cosa de interés—la señorita de Ágreda ha reñido con su hermano de Vd., o mejor dicho; están en absoluto cortadas las relaciones entre ambos, y esto a Vd. se le debe.
—Hice lo que pude, sin que me costara gran trabajo. Me bastó decirla que Pepe frecuentaba la casa de otra mujer. Después, su propia impaciencia... los celos hicieron lo demás. Debe ser una niña nerviosa...
—Enamorada—le interrumpió la Condesa.—¡Pobre criatura, da lástima!... Pero lo hecho no basta.
—Cuando pase más tiempo...
—Ni su padre, ni ninguno de los que la rodean, conoce la causa de su abatimiento: creen que está enferma. Hay que apurar más las cosas, no despreciar los momentos, influir en su ánimo. De lo contrario, puede verificarse en ella una reacción y, cuando queramos acudir, tal vez sea tarde.
—Yo no he vuelto a verla, ni hallo pretexto para ello.
—Hay que buscarlo; porque pasada esta primera impresión de amargura, quizá sea difícil lo que pretendemos. Está muy triste, muy abatida, pero no tiene trazas de pensar en religión ni en cosa que lo valga.
—Con el carácter de esa niña, considero expuesto a un fracaso todo lo que sea querer precipitar los acontecimientos.