—Pues es preciso. Reflexione Vd. despacio sobre el asunto, que es de gran importancia para la casa... y para Vd. Además; ese hermano, que tan violentamente se ha portado con Vd....
En esto hizo el cura ademán de querer hablar; mas la Condesa, acostumbrada al trato de gentes tan fanáticas como él, pero menos honradas, cometió la imprudencia de completar su pensamiento, diciéndole:
—Piense Vd. también un poco en su propio interés. El asunto es muy importante para la hermandad, que tiene gran influencia; porque estos revolucionarios son tontos. Sólo entre las colegiatas de León y Toledo hay ahora cinco prebendas vacantes. ¡Imagine usted qué puesto tan hermoso para trabajar en pro de lo que todos deseamos!
Altiveciose entonces Tirso, se puso en pie como si su asiento tuviera un resorte que le impulsara y, ofendido, trémulo de ira y de vergüenza, repuso, sin disimular el enojo:
—Señora, ni sabe Vd. lo que dice, ni a quién se lo dice. Yo no soy cura cortesano, ni clérigo palaciego, ni he venido aquí para medrar de mala manera...
—¡Señor Resmilla!
—¡Francamente, señora Condesa! No sirvo para tales cosas. Hasta me arrepiento de lo que he hecho. Disponga Vd. de mi plaza de capellán para los que aceptan tales ofertas. Aquí todo es mezquino. Estoy de estas pequeñeces hasta por cima de los pelos. Daré por la fe hasta la última gota de sangre; pero para pagarme no hay dinero... ¡Ni que me hicieran Papa! Es cien veces más noble irse al campo a que le rompan a uno la crisma.
La de Astorgüela, absorta y desconcertada, no desplegó los labios: Tirso cogió su teja negra de la silla en que la había dejado y añadió bruscamente:
—Adiós, señora.
Sólo al caer tras el cura el pesado cortinón que cubría la puerta de la lujosa sala, se sobrepuso la dama a la sorpresa que le causó tamaño arranque de honrado fanatismo.