El que sea católico español ante todo, obedezca mis órdenes, si es que ama a su patria y no desea sumergir en llanto y luto a su familia y a las de sus dependientes.—Lo que comunico a Vd. para su conocimiento y demás exacto cumplimiento. Dios guarde a Vd. muchos años. Campo del Honor 6 de Enero de 1873.—El Brigadier comandante general de la provincia, Antonio Lizárraga y Esquirós[1].»
[Nota 1: Historia Contemporánea, de Antonio Pirala.—Madrid, 1877.]
Al despuntar la mañana, en una de las casas del pueblo se abrió el portón del corral y, precedidos de una mujer, salieron al campo dos soldados de infantería con el uniforme despedazado y sucio: uno de ellos llevaba fusil, y el otro iba sin armamento. Llegaron la víspera, medio aspeados y fugitivos del combate que se trabó en las cercanías, donde a la entrada de un valle fueron sorprendidas y desbaratadas tres compañías del ejército, y aquella mujer, movida de una conmiseración desusada en las circunstancias por que atravesaba el país, les dio albergue durante la noche; pero sabedora de que en otro pueblo no muy distante había guarnición de tropa, les indicó de madrugada el camino que debían seguir hasta incorporarse a ella. Cuando llamaron a su puerta maltrechos, hambrientos y rendidos, les admitió a condición de que, para no comprometerla, saldrían de su casa con el primer claror del día; así que, al rayar el alba, ellos, sin esperar a que les llamase, se levantaron del montón de hojas de maíz que les sirvió de cama y con rudo lenguaje dieron gracias a su compasivo huésped, que les despidió diciendo:
—Sois guiris: ¡no importa! Yo también te tengo hijo, pues, con general Andéchaga, valiente. ¡Dios proteja todos!
Indicoles en seguida de nuevo la dirección que habían de tomar, y ellos, según el consejo recibido, anduvieron un buen trecho por la carretera, y luego, al llegar a una bifurcación, torciendo hacia la izquierda, se internaron por un camino vecinal.
—Por aquí debe de ser, Pateta—decía el más joven.—Esta es la casa abandonada de que nos habló: adelante, todo derecho. Tres horas de fatiga y estamos en salvo... por ahora.
El que así habló era un muchacho alto, moreno, nervudo y fuerte, con tipo de castellano viejo. Tenía los pies doloridos y andaba penosamente. Pateta estaba desconocido. El gatera madrileño, de aspecto endeble, se había robustecido con el aire del campo. Llevaba raído el uniforme, sujetas las alpargatas una con cinta y otra con tomiza, y puesta sobre el capote una manta de color indefinido, en cuyos pelos habían quedado prendidas briznas del maíz seco sobre que pasó la noche.
—¡Trae el fusil, modrego, que no pués con tu alma!—dijo de pronto a su compañero, viéndole anhelante y fatigoso.
Habían llegado a un cerro desde donde se divisaba gran extensión de tierra, cuando de pronto Pateta, extendiendo un brazo para señalar lo que creía descubrir en una hondonada, a larga distancia, dijo, con el rostro demudado:
—¡Mecachis! chico, ¿qué es aquello?