—¡Gente!—repuso lívido el castellano viejo. Son dos a caballo y muchos más a pie.
—¿Qué hacemos?
—Volver pies atrás. Mira, el camino sigue sin un marrano árbol y al descubierto. Si nos ven, nos revientan. Correr lo que podamos, y esa mujer nos esconderá... si no, ¡sea lo que Dios quiera!
Por entre barrizales y breñas, a campo traviesa y buscando las enramadas para mejor ocultarse, desandaron en quince minutos el camino que habían recorrido en media hora. Cuando jadeantes como perros llegaron al portón del corral, la mujer que allí estaba partiendo leña, con solo mirarles al rostro, adivinó lo que les había pasado. No salió fallida la esperanza de Pateta. Un instante después él y su compañero estaban ocultos en el anchuroso pajar, lleno de liazas, aperos de labranza y montoncillos de semillas, que ocupaba toda la parte alta de la casa.
—¡Estamos en salvo!
—Gracias a que hemos venido por ahí detrás, que por la carretera ya nos habían atisbao. ¿Cómo tienes las patas?
—Chico, ahora muy mal; pero mientras veníamos corriendo, casi no las sentía.
Como la casa estaba situada a la entrada del pueblo y era de las más altas, desde los ventanillos de ambos lados del pajar se veían, hacia una parte la larga línea de la carretera, que iba a perderse en una curva sombreada por robustos nogales, y en opuesta dirección la pequeña esplanada que había ante las ruinas de la estación del ferrocarril. Pateta miraba por uno de estos ventanucos, ocultándose tras unas ristras de mazorcas que colgaban de la techumbre, y por otro su compañero, que resguardaba el cuerpo con un haz de leña menuda.
—Venían hacia aquí, ¿verdad?
—¡Claro!