Según fueron llegando a sus manos las primeras cartas de Pepe, las rasgó con ira, sin leerlas; pero en vez de tirarlos, guardó los pedazos en el cajón de un mueblecillo. Pasaron muchos días, recibió otras e hizo lo propio, sin contestar a ninguna: mas la violencia que esta entereza le costaba iba poco a poco aumentando. En vano se había condenado voluntariamente a no saber de él: rompía las cartas, pero no lograba acallar los antojos de su fantasía. Aquellos trozos de papel, ilegibles y estrujados con rabia, tenían una fuerza incontrastable: decían que Pepe vivía y se acordaba de ella. Tal era el estado de su ánimo cuando cesó de tener cartas. Dudó primero de la discreción del aya, que era la encargada de recibirlas, y luego pensó que Pepe enmudecía, cansado de no obtener respuestas; mas pronto supo con temor que el silencio de su amante no obedecía a ninguna de estas causas.
En los periódicos y partes oficiales dejó de citarse el batallón a que pertenecía Pepe, porque se ignoraba el paradero de aquél y de otros cuerpos, sabiéndose únicamente que estaba verificando una marcha penosa y arriesgada, que terminaría en un combate, cuyo objeto sólo conocía el general en jefe. Cinco días duró aquella incertidumbre. Entonces apreció Paz lo que quería a Pepe. Mientras supo que vivía, tuvo firmeza y amor propio: cuando las circunstancias la hicieron comprender que estaba en peligro, su pasión despertó, sin sentimiento rencoroso que la desvirtuase ni nube que la empañara. Cada día que pasaba, cada periódico que llegaba a sus manos sin decirla nada de aquella marcha, que fue célebre en la historia de la guerra civil, la sumían en mayor abatimiento. No dejó de pensar en él, ni la asistieron fuerzas para engañarse mintiendo que tenía sobre sí imperio para olvidarle. Su imaginación le buscaba unas veces con la rabia de los celos, otras con la amargura del despecho, ya saboreando la memoria recuerdos de promesas dulcísimas, ya pagando a la esperanza muerta el inapreciable tributo de sus lágrimas. Los primeros diálogos que con él sostuvo, aquella incertidumbre deliciosa de aguardar a que hablase, estando segura de lo que había de decir, la sincera vehemencia con que pintaba su cariño, y el tono suplicante con que la pedía constancia, persistían en ocupar su pensamiento y llenar su alma, como aves que se resistieran a volar lejos de la fronda en que nacieron.
La impaciencia de Paz se trocó en terror cuando, al terminar la semana y sin que ella recibiera carta, se supo en Madrid que la marcha de campaña se había verificado y que las tropas, al dar batalla, habían sufrido numerosas bajas. Se enteró de lo ocurrido por un periódico de la tarde, a hora que era ocioso intentar nada; pero aquella noche, entre la angustia del insomnio y el dolor de la desesperación, decidió averiguar lo que pudiese, sin que la detuvieran miramiento alguno ni resto de vanidad ofendida. ¿Qué medio emplearía? Cualquiera: el más rápido sería el mejor. Se le ocurrió ir a ver al padre de Pepe, y fue, llevada por su amorosa inquietud, lo mismo que hubiera sido capaz de ir al sitio mejor guardado o al lugar donde más arriesgara su decoro.
A la mañana siguiente, no tan temprano como quisiera su impaciencia, se apeó de la berlina cerca de la calle de los Estudios y, en compañía del aya, que ya estaba domesticada y dócil, se dirigió hacia la calle de la Pasión. No necesitó que nadie la indicara el camino, ni tuvo que esforzarse por hacer memoria de dónde estaba la casa que iba buscando. Bajaron por la izquierda de la Ribera de Curtidores; al llegar frente al sitio en que tiempo atrás vio salir a Pepe de casa de Engracia sintió el rostro abrasado por una llamarada de vergüenza; pero ni acortó el paso, ni pensó retroceder.
—Aquí es, y ¡no hay portería!—dijo al torcer la esquina de la calle de la Pasión, entrando en seguida en el portal empedrado con cantos, y cuyas paredes estaban llenas de monigotes pintados con carbón por los chicos.
—¿Qué ha de haber, señorita? en el patio nos darán razón.
Adelantose el aya, siguiola Paz y penetraron ambas en el patio, que era de los que tienen corredores con puertas numeradas.
En uno de los ángulos había un pozo, junto al cual, sin miedo al sol que la hostigaba con su seco ardor, estaba una muchacha jabonando ropa blanca en una artesa, remangados los brazos y con la falda de percal sujeta entre las piernas. Era alta y airosa; su pecho juvenil y fuerte temblaba a cada movimiento; el traje era humilde, pero el peinado primoroso, y entre los undosos rizos del moño tenía prendidos al desgaire cuatro o seis clavelillos de los que adornan los puestos de las verbenas. A su lado, y gateando sobre un trozo de estera, había un niño que se entretenía en manotear contra las prendas ya retorcidas que ella dejaba caer en un barreño. Paz la había visto una sola vez de lejos y teniendo los ojos nublados por las lágrimas; pero la conoció en seguida: era Engracia. El aya lo examinaba todo con miradas despreciativas; Paz estuvo a punto de volver pies atrás; mas dominando de pronto la repulsión que sentía hacia la otra, preguntó, apartando del chiquitín las miradas:
—¿Hace Vd. el favor de decirme cuál es el cuarto del Sr. Resmilla?
—En mi casa, prencipal núm. 2,... pero no se le pué ver.