—Lo siento; deseaba hablarle... y tal vez no me sea fácil volver.

—Pues ese señor está malo, mu malo, y pasa las noches rabiando, y hasta que es de día no descansa. Ya ve Vd., ¡me bajo yo el arrapiezo pá que no alborote!... Si quiusté algún recao...

No había contado con aquello. Hablar al padre del hombre que la engañó, no era humillación: conversar con Engracia, le parecía insufrible martirio. El ansia por saber de Pepe pudo al fin más que el amor propio, y pensó que la escena no podía prolongarse arriba de unos minutos.

—Ese caballero tiene un hijo que está en el Norte, ¿verdad?... ¿Sabe Vd. si se han recibido noticias suyas?

—Sí señora, esta mañana precisamente: como que aluego de recibir la carta se quedó don José más tranquilo que está esa criatura. El señorito Pepe está sano y salvo en un pueblo que lo llaman... Astirraga, Gorri... Garri... vamos, no me acuerdo; uno de esos pueblos de nombre enrevesao que dicen que los bautizó el diablo estando borracho.

—De modo—añadió Paz, sin poder disimular la emoción—que es seguro; ¿está bueno?

—¿No le digo a Vd. que ha escrito él mismo?

—Mil gracias, joven... ya volveré.

Dejó Engracia caer sobre la artesa la tabla, por cuyas ranuras diagonales resbalaban las irisadas burbujas del jabón, y secándose las manos con el delantal, dijo a Paz, que ya se dirigía hacia el pasillo del portal:

—Oiga Vd., señorita: usted desimule; aunque sea mal preguntao, ¿es Vd. la señorita Paz, la novia del señorito Pepe?