—Sí—contestó secamente, evitando mirarla cara a cara.

Entonces Engracia, dando a sus palabras franca expresión de simpatía, exclamó, con asombro de Paz:

—¡Vaya, vaya!... ¡sea por muchos años! ¡ahora comprendo yo que esté el señor Pepe tan chalao!... ¡Y que no tenía yo pocas ganas de conocerla a Vd! También la digo a usted que se pué Vd. presentar donde las haiga guapas.

Paz, sin acertar a comprender cómo aquella mujer la hablaba de tal modo, repuso, echando a andar y con creciente aspereza.

—Quede Vd. con Dios.

La otra, muy ofendida, se plantó en la salida del patio, cortándola el paso, al par que la decía, con desparpajo y retintín:

—¡Oiga Vd., señorita! ¿qué es lo que se ha figurao Vd.? Yo no soy denguna fregona, ¿está Vd.? Soy la Engracia. ¿Conque se arranca, Vd. a venir a preguntar por el novio, y aluego tié Vd. a menos hablar conmigo?

Paz no se atrevía a responder, temerosa de un escándalo en tal sitio y por semejante ocasión: Engracia, sin permitirla avanzar, continuó:

—¿Habrá Vd. creído que era la criá? Pues no señora... Don José y su novio de Vd. me tratan de igual a igual, y su novio de Vd. y mi Millán se llaman de tú... Conque, menos humos. Entavía, ¡bestia de mí! estaba yo adulándola a usté el oído. ¡Vaya Vd. mucho con Dios, doña Ínsulas!

Las palabras de Engracia llenaron a Paz de confusión, y además adivinó que no estaba la razón de su parte. Aquella mujer la suponía en amores con Pepe, y lejos de mostrarla enojo, la recibía bien; hasta elogiaba su hermosura...; hablaba de otro hombre y decía orgullosamente mi Millán. ¿Qué era aquello?