Paz, con las mejillas arreboladas por la vergüenza, respondió tímidamente.

—¡Sí! ¡No sabe Vd. lo que he sufrido!

—¡Ya lo creo!... Pues hija, que se le quite a Vd. eso de la cabeza.

—¿Me dispensa Vd., verdad? ¿Me deja usted que bese al niño?

—¡No eches tierra en la ropa, condenao! Ven aquí, que te va a dar un chichi esta señora. ¡Ay hija!—añadió, encarándose con Paz—desengáñese Vd., cuando una quiere a un hombre, no hay señorío que valga, toas semos iguales.

(El aya aparte).—¡Válgame Dios, lo que son las señoritas del día!

Paz salió de allí con el alma henchida de gozo. En su corazón había renacido la dicha pujante y vigorosa, como agua de manantial comprimido que redobla su violencia al cesar la fuerza que lo sofoca. Tuvo impulsos de quitarse de las orejas los ricos pendientes que lucía y regalárselos a Engracia, pero le parecieron pobrísima ofrenda para pagar tanta felicidad.

Aquella misma tarde escribió a Pepe una carta muy larga en que, pidiéndole perdón, le enviaba mil besos y le hacía mil promesas.

XXXVII

«Adorada Paz: