Por fin he recibido carta tuya. ¡Tantas promesas, tantas protestas, y has podido creer que yo quería a otra mujer! Bien haces en pedirme perdón. Otro día te hablaré de esto más despacio y te reñiré mucho: ahora, al acabar de leer tus frases de arrepentimiento y cariño, no tengo valor para hacerte sufrir. Lo principal es que eres mía y que ya no dejarás nunca de serlo.
Ni yo, aunque lo pretendiera, podría darte idea de las penalidades que aquí nos cercan, ni es fácil que las imagines. Las marchas y contramarchas nos dejan tan rendidos, que casi nos parece preferible entrar en acción a vagar por trochas y vericuetos. No sé qué es peor, si ir perdiendo poco a poco la vida, destrozada por la fatiga y el cansancio, o exponerse a que acabe todo de una vez. Si no fuera por tí y por mi pobre padre, ¡cuántas veces me hubiese decidido a ser el primero en un avance o el último en una retirada, para que me quitaran de en medio! Tú y mi padre me sostenéis, para vosotros vivo: el pobre viejecito necesita amparo; y contigo, ¡puedo ser tan feliz! No dejes de escribirme detalladamente lo ocurrido; tengo ansia de saberlo; pero, ¿cómo diablos has podido suponer que yo te engañaba? Tu carta está confusa, veo en ella mucho amor y mucho arrepentimiento, mas no me doy cuenta de lo que ha sucedido. Explícamelo todo.
De mi padre sé que continúa lo mismo, y esta es la noticia menos mala de las que me trae la última carta de Millán. De Leocadia, casi nada me dice; pero de la ambigüedad de sus palabras infiero que, o está loca, o ha perdido la vergüenza. Fácilmente comprenderás lo triste que será para mí hablarte de esto; pero entre tú y yo no hay ya secretos. Mayor pena me causa lo que me dice de mamá. Ignoro si Millán exagerará algo las tintas del cuadro, para que yo no abrigue esperanza y vaya acostumbrándome a la realidad; pero me parece absurdo lo que está pasando. Dice Millán que al otro día de salir yo de Madrid la mandó recado al convento, participándola dónde estaba mi padre, por si quería ir a verle, añadiendo que el pobre no hacía más que preguntar por ella: mamá repuso que ya se había curado de cosas terrenales y que no tenía más familia que Cristo y su divina Madre, pero que no se olvidaría de nosotros en sus oraciones. Ni preguntó cómo seguía papá, ni qué medicinas tomaba; en fin, nada. Añade Millán que ha enflaquecido mucho y que está muy desmejorada. ¡Pobre madre mía! No me hago ilusiones; no abrigo la menor esperanza de que llegue el caso: pero, si fuera preciso; si a mi madre la tocara Dios en el corazón y resolviera volver al lado de mi padre, te ruego, por las promesas que me has hecho y por lo que más quieras en el mundo, que la prestes ayuda, que la ampares y la protejas. Basta de esto: se me oprime el corazón como si me lo estrujaran. De mi hermano no sé una palabra: ignoro por completo su paradero.
¿A quién dirás que tuve el alegrón de abrazar ayer? A nuestro cartero; al fiel y nunca bien alabado Pateta, que está hecho un veterano. Dos días ha andado perdido por los montes, con otro compañero, después de ser sorprendido y derrotado el destacamento de que formaba parte. Cuentan cosas horribles. Desde el pajar de una casa, donde les escondió una buena mujer, vieron fusilar a un telegrafista. ¡Figúrate la impresión que sufrirían! Crueldades tan inútiles y sanguinarias como ésta, se cometen aquí muchas: en Madrid no tenéis idea de lo que es la guerra.
No creo que este ejército pueda tener grandes descalabros; pero lo que está sucediendo en otras partes, causa en nuestras filas un efecto tristísimo. El triunfo de Oristá, la victoria obtenida por Savalls en San Quintín de Besora, la muerte de Cabrinety, la toma de Igualada y el desastre de Albiol, en que nuestros prisioneros perecieron, muertos a bayonetazos, han envalentonado mucho al enemigo. Lo más irritante es que la guerra va tomando un carácter de ferocidad que espanta. Hay guerrilleros que entran a saco en los pueblos como en los tiempos bárbaros; que incendian, ultrajan a las mujeres y martirizan a los niños: uno ha rematado a los heridos con picos y azadas, y otro ha mandado arrancar a los jefes prisioneros tiras de carne en los brazos, simulando los galones del grado que tenían en el ejército. Asombra el número de curas que, hechos fieras, recorren los campos: los hay agregados a cuerpos o divisiones bien organizadas, y otros que, sin reconocer jefatura, van por donde quieren, cometiendo fechorías.
Ahora dicen que anda por estos contornos una partida con un cabecilla al frente, también cura, que acaso sea el autor del fusilamiento presenciado por Pateta. Si le pillamos, se divierte.
Basta de carta; no tengo tiempo para más. Escríbeme siempre que puedas y dime de mil maneras que me quieres: la última será la que me parezca más grata. Yo no dejo de pensar en tí, y si no me llamaras romántico, te diría que con tu amor llevo en el alma un amuleto. No tengo miedo a perderte. Hasta tu nombre me parece de buen agüero, y pienso, Paz de mi vida, que por tí se está batiendo media España. Pese a quien pese, serás mía. Adiós y recibe el cariño de tu amantísimo,
Pepe.»
XXXVIII
Fue una escena suelta que acaso no tenga jamás historiador, un episodio de aquel espantoso drama de la guerra, olvidado ante la magnitud de otras proezas.