Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.

—¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd. caro?

—No; es precioso.

—Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me ha costado?

—Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos ni aquilatar sus gustos?

—No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero? Cuando yo tengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.

—El marco es hermoso y vale lo que cuesta.

—No es Vd. sincero.

—¿Por qué, señorita?

—Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd. franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?