—¿Y con qué derecho podría yo pensar así?
—Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca para que hable, vaya, que quiero que hable Vd.
Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo que a ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.
—Lo que me ha dicho mi pensamiento—repuso Pepe tímidamente—es que el dinero no tiene igual valor para todos.
—¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco mil reales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.
—Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días de vida.
—En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientras hay quien se muere de hambre... pero así está el mundo. Sí, ya lo veo: una locura como esta representa el bienestar de muchos.
—Y a veces, la vida de algunos.
—De modo—siguió Paz—que Vd. es de esos que dicen que todo debía repartirse entre todos.
—No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también que repartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no he hecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos a quienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.