—Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda la culpa es mía.

—¿Por qué, señorita?

—No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído, su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hay injuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta, ¿verdad?

—Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban la menor censura.

—No, si la mitad de la culpa es de Vd.

—No entiendo.

—La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversación que yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar a Vd. lo que no debía.

—¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?

—No, Pepe; eso me lastima.

Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardó silencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaron enojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modo tenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido: