Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.

—Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy a este cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted. Usted quiere que crea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tache Vd. de coqueta ni piense Vd. que soy capaz de divertirme en humillarle.

—Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena para pagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; pero no se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsos de su propio corazón; no olvide Vd. que seguir escuchándome ahora es contraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería un escarnio.

Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acaso no esperaba oír tanto, y le atajó la frase.

—¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tan exigente!

—¿Exigente?

—Sí; apuesto a que iba Vd. a decir contraer compromiso.

Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y, mirando de nuevo a Pepe, continuó:

—Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...

—Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yo siga viniendo a esta casa?