—¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; pero cuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy la humillada.—Y quiso marcharse.

—No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo que es para mí su indulgencia!

Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muy baja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:

—Exigente, exigente.

¿Qué más podía desear? «No estoy enfadada»—le había dicho—«no vuelva Vd. a hablarme de su pobreza.» Pretender mayor claridad sería insensatez.

Al cabo de dos meses sus diálogos eran ya muy distintos; que cuando la estimación abre vereda, el amor ensancha y allana pronto el camino. Ni Paz sentía ya cortedad, ni Pepe manifestaba aquella desconfianza fundada en lo distinto que se le ofrecía el porvenir de cada uno: las frases que cambiaban eran protestas de cariño, promesas de firmeza, todo el repertorio monótono y vulgar de los enamorados, siempre romántico y exagerado, pero eternamente delicioso.

Una circunstancia mediaba, sin embargo, entre ambos, modificando sus caracteres. Ella, a pesar de su viveza, temerosa de mortificar la susceptibilidad de Pepe, le trataba con una consideración que a ninguno otro hubiera guardado; y él, frío, descreído, burlón, dispuesto siempre a endulzar la realidad con su buen humor, era ante Paz reflexivo y serio, cual si le infundiese miedo aquella intimidad amorosa, que, a juicio suyo, no podría resistir al tiempo o habría de estrellarse contra las asperezas de la vida.

No siéndoles fácil verse con tanta frecuencia como ellos desearan, acabaron por establecer, para su uso particular, un servicio de correos. La iniciativa fue de Pepe: el cartero merece capítulo aparte.

IX

En la imprenta de Millán había un chico, mezcla de aprendiz y ordenanza, a quien apodaban Pateta. Él decía llamarse Pepe Maldonadas, pero no conservaba memoria de su familia. Nadie sabía su origen; ni él mismo. Sólo recordaba haber vivido en Puerta de Moros, recogido en casa de una verdulera, tía suya, que, por considerarle muy niño, no le habló jamás de sus padres.