Vestía traje oscuro, cuyo chaquetón, muy abrochado, sólo dejaba ver el cuello de la camisa: la pechera desaparecía tras una corbata negra y ancha hecha dos nudos; toda su ropa era ordinaria, pero nueva; llevaba las botas blancuzcas por el poco betún o el mucho roze, y de uno de los bolsillos del chaquetón pendía la borlita de un gorrito de pana. Pepe clavó los ojos en aquél hombre, y luego, poniéndose a pocos pasos y a su espalda, le llamó en voz baja, casi con timidez:
—¡Tirso!
Volviose de pronto el recién llegado, y entonces el muchacho le abrió los brazos, diciendo:
—Soy Pepe.
El abrazo que se dieron fue largo y apretado, sincero tal vez, pero de fijo nadie lo sabrá nunca.
De tan extraño modo se conocieron dos hombres a quienes la Naturaleza había hecho hermanos.
—¿Y los padres?—preguntó Tirso con más interés en la entonación que calor en la mirada.
—Buenos... esperándote.
Parecía que ambos empleaban el tú con trabajo.
—Vamos allá.