Reclamaron juntos el equipaje, confiáronselo a un mozo, a quien dieron las señas de la casa donde lo había de llevar, y salieron de la estación.
—Vamos a tomar un coche: ¡hoy es día de gastar dinero!—dijo Pepe.
—¿Para qué? ¿Está lejos la casa?
—Lejos, no; pero tienen mucha gana de verte. Todo está preparado... tu cuarto dispuesto... ¡Verás qué guapa es Leo y como te reciben todos!
—No, no: vamos a pie.
—Anda, no seas niño; un pesetero nos lleva en seguida.
—¡No!: quiero ir a pie.
Y pronunció el no firme, rotundo, seco, como quien suele dar a la palabra la energía de una voluntad terca.
—Entonces, vamos deprisa, que estarán impacientes.
Echaron a andar. La mañana era fresca y agradable. Madrid recibía a su huésped con un cielo azul, limpio y hermoso. Subieron por la Cuesta de San Vicente, y poco antes de llegar a la puerta, Tirso, mirando frente a ella un edificio pequeño en cuyos muros exteriores había escritos dos versículos de la Biblia, preguntó, torciendo el gesto: