—¿Es una capilla protestante?

—No: es un asilo que ha hecho la Reina María Victoria, la mujer de Amadeo, para que estén recogidos los hijos de las lavanderas mientras ellas trabajan.

Tirso desvió la vista sin contestar.

Siguiendo a buen paso su camino, continuaron por la calle de Bailén cambiando frases indiferentes, sin atinar con lo que mutuamente debían decirse, ambos cohibidos, como extraños a quienes la casualidad ha puesto en contacto. Lo familiar se les antojaba osado, y cada cual temía que el interés pareciese curiosidad. Querían dar a las palabras entonación cariñosa, y no acertaban a decirse sino cosas que les eran ajenas. Desembocaron en la plaza de Oriente.

—Mira, Tirso, estamos en Palacio.

El forastero contempló un instante el soberbio edificio sin poder contener una expresión de disgusto, cual si allí viviera alguien a quien personalmente aborreciese. En esto Pepe se arriesgó, por fin, a preguntar algo que satisficiera la espectativa que en sus padres y en él mismo había despertado el viaje.

—Vamos, hombre, ¿y cómo ha sido esto? ¿Qué te trae a Madrid?

—Ya te contaré, ya te contaré: ahora no... ¡Qué lástima que viva ahí dentro un extranjero!—añadió, mirando con saña hacia Palacio.

Más adelante, en la entrada de la calle Mayor, se detuvo para ver la fachada del convento del Sacramento.

—¿Qué iglesia es esa? ¿Es parroquia?