—¿Y qué iglesias hay por aquí cerca?—preguntó Tirso.
Tuvieron que hacer memoria para contestar: sólo doña Manuela quiso responder en seguida.
—San Justo... y la Concepción Jerónima... y...
—Más cerca está San Isidro—decía Leocadia.
—¿En cuál de ellas oís misa?
Nadie repuso.
—Vais indistintamente a cualquiera, ¿eh? Pues eso no es bueno. La misa debe oírse siempre en el mismo templo, y si es posible en el mismo altar y dicha por el mismo sacerdote.
—Yo te diré lo que pasa, hijo mío—respondió don José.—En primer lugar, ya ves, yo no me puedo mover, y tu madre no se aparta de mí un momento. ¡Si vieses cuánto da que hacer en una casa un hombre como yo, imposibilitado! Pepe no tiene tiempo para nada... y esa pobre, ni siquiera pasea: no tiene quien la acompañe...
—La verdad es que vivimos muy sujetos, chico; ya lo irás viendo. Ésta y mamá no se mueven de aquí, casi nunca salen: yo, entre unas cosas y otras, trabajo de diez a doce horas diarias...
Tirso comprendió que todas eran disculpas: frunció el entrecejo, y su mirada tuvo un destello frío y duro como el brillo del acero. Le costó violentarse, pero se contuvo y calló.