Al caer la tarde se vistió de hábitos y esperó impaciente a que anocheciese por completo, sin cesar de mirar hacia el balcón, donde la luz iba faltando.

—Si te vas—le dijo su padre—espera. Pepe ha salido, pero vendrá pronto y te acompañará.

Tirso esquivó la respuesta cuanto pudo, y al fin, apremiado por la insistencia de don José repuso:

—No, no hace falta que nadie se moleste: no quiero sino dar una vuelta por cualquier parte, tomar el aire un rato.

Al cerrar la noche se fue sin preguntar nombre alguno de calle, como quien ya sabe dónde se propone ir y se obstina en ocultarlo. Doña Manuela y Leocadia se asomaron al balcón, y la última, al verle pasar bajo un farol y desaparecer por el arco hacia la Plaza Mayor, tuvo una frase, que era la abreviatura de la situación por que atravesaba la familia.

—¡Qué raro se me hace esto! ¡Parece mentira que sea de casa!

Cuando volvió, al cabo de una hora, no contó dónde estuvo ni lo que hizo, limitándose a hablar del bullicio y la animación de la corte. Luego dijo:

—Mucho he andado por esas calles; y ¡cuanta estampa fea y obscena hay en algunas tiendas! Pero, aunque llevaba hábitos, nadie se ha metido conmigo.

—¿Pues qué?—repuso Pepe—¿creías que te iban a comer?

—No hubiese sido extraño que me insultaran. ¡Como ahora la impiedad anda libre y se nos persigue y nos maltrata quien quiere!...