Antes de media noche llegó Pepe, y Leocadia, que le estaba esperando, entró con él a la alcoba de sus padres, donde doña Manuela dormía profundamente y don José aguardaba desvelado. Leocadia oyó sin chistar el corto diálogo que sostuvieron padre e hijo.

—Pepito, ¿no te choca esto?

—Mucho, pero no atino con la causa.

—Es que ni una palabra... ¿a tí tampoco te ha dicho nada?

—Tampoco.

—Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda ser. ¿Qué te parece que hagamos?

—Nada, papá. Si habla, oírle; si no, dejar que pase el tiempo. Ya lo sabremos. ¿Ha venido a casa de sus padres? Bien venido sea. ¿No tiene confianza con nosotros? Pues no se la arranquemos por fuerza.

—Está frío, indiferente...

—No: él debe ser así. No es momento de charlar ni quiero molestarte ahora. Además, ya sabes lo que pienso: no nos hemos tratado, no nos conocemos; ¿cómo diablos hemos de querernos como nos queremos ésta y yo?—Y Leocadia hizo un signo afirmativo con la cabeza.

—Tienes razón, hijo, pero me repugna que la tengas.