La luz de una vela que Pepe había dejado en la habitación contigua iluminaba temblorosamente el cuadro, y en el rostro del viejo aparecía impresa la curiosa intranquilidad que le preocupaba. Tenía la cama medio deshecha, porque estuvo moviéndose nerviosamente en ella hasta que vio entrar a su hijo, y de cuando en cuando dirigía los ojos a su mujer, como asombrado de que pudiera dormir libre de las mismas dudas y recelos que él experimentaba.
—Vaya, a descansar, papá.
Pepe y Leocadia besaron a su padre como dos niños, y salieron. Al pasar por delante de la alcoba de Tirso, notaron que roncaba.
—¿Oyes?—preguntó ella.
—Sí; escucha, escucha cómo le quita el sueño la emoción de estar en su casa.
—Adiós, Pepito, hasta mañana.
—Abur, monigota, fea.
—Tonto, pareces un chiquillo.
—A los pies de Vd., señora; fea, espantosa.
Durante los días siguientes, Tirso guardó idéntica reserva: no salía, hablaba de cosas indiferentes, rehuyendo toda conversación sobre su pasado, esquivando rasgos de intimidad y haciendo como que no oía lo que le disgustaba. Al comer, se sentaba el último en la mesa, murmurando el benedicite entre dientes, porque sabía que no habían de rezarlo los demás, y al ir por la noche a recogerse sacaba del bolsillo el rosario, yéndose con él en la mano hacia su cuarto.