—Por eso y por cosas análogas hay tantos republicanos en la generación nueva; porque nos hemos convencido de que no queda otro remedio.
—Eso es muy peligroso: el pueblo no está preparado.
—Y como nadie le enseña nada, tiene él que aprenderlo a su costa.
—Es que hoy no hay virtudes cívicas. Si hubierais conocido vosotros a Mendizábal, y luego a Olózaga, que ahora está tan caído...: él fue quien llamó progresistas a los que decían antes exaltados. Siempre ha habido más entusiasmo liberal que ahora. ¡Si vierais qué indignación se desencadenó el año 40 contra Toreno y Martínez de la Rosa, porque pidieron la prórroga del medio diezmo, y aun el diezmo entero y la primicia! Pues ¡y cuando Espartero no quiso aprobar la famosa Ley de Ayuntamientos!
—Entusiasmos estériles, y que muchas veces han sido ahogados en sangre.
—En eso tenéis razón. Se condenaba a muerte por cualquier cosa. Desde el fusilamiento de los sesenta compañeros de Manzanares y los veinticuatro de Alicante, el 8 de Mayo, hasta el de los sargentos del 22 de Junio, no ha pasado año sin alguna brutalidad semejante: exceptuando a los Zurbanos, y la muerte de Mariana de Pineda, para quien fue preciso hacer un garrote nuevo, porque tenía el cuello muy delgadito...
—A pesar de lo cual—interrumpió Pepe—hay quien mira con buenos ojos a la Restauración y quien se bate por don Carlos. Si en España quedan monárquicos, y sobre todo borbónicos, es porque nadie lee historia contemporánea.
—En fin, hijos míos, ya sabéis que yo tengo buena memoria: pues bien, desde Diciembre del 43 hasta la Noche Buena del 44, fueron fusiladas doscientas catorce personas, la mayor parte por liberales.
—Tiene Vd. razón, don José; así pagó la corona al partido liberal que, primero por el padre y luego por la hija, había hecho tantos sacrificios...
—Pues si llega a tener espíritu santo la familia—añadió Pepe—nos quedamos sin una gota de sangre.