Al oír este chiste impío, Tirso no pudo aguantar más. El elogio a Mendizábal, la alusión al diezmo y la primicia, el horror a los fusilamientos de revolucionarios, el espíritu liberal que palpitaba en la conversación, le hicieron daño; pero aquello de explotar para una gracia la tercera persona de la Santísima Trinidad, puso el colmo a su indignación. Entonces, levantándose de su asiento, se acercó al grupo que formaban Pepe y Millán junto a don José y, puesto delante del balcón, sobre cuyo hueco claro se destacó su figura negra y espigada, dijo severamente:
—¡Parece mentira que hombres de juicio hablen así!
Millán calló por deferencia a su amigo, y don José porque se arrepintió de haber dicho tales cosas, dando margen al enojo de Tirso: Pepe, más fogoso, se encaró con éste y, aunque hablando moderadamente, le repuso:
—Es natural que tengas simpatías por los partidos reaccionarios; son los que os protegen; pero, ¿negarás que nosotros no podemos mirar bien a la Iglesia? Siempre, y renegando de su origen, ha sido enemiga de la libertad y de la democracia.
—¡La libertad! ¡la libertad! ¿y para qué sirve? Y ¿qué es la democracia? el permitir que manden los pillos. ¡La democracia! ¿Cuántas libras de patatas se compran con eso?
—¡No! la libertad es lo que os mandó Cristo que predicarais; la democracia es eso que os ha permitido a vosotros, clérigos y frailes, nacidos entre los más humildes, escalar los puestos más altos del mundo.
—Pues Mendizábal fue un ladrón.
—Esa es una majadería que no tiene nada que ver con lo que hablamos. Y, mira, no te irrites; pero por lo que me gusta Mendizábal, es por haber sido quien ha hecho más daño a la Iglesia.
—¡Callad, hijos míos, callad!—gritó don José:—¿Vais a reñir ahora? Yo no diré tanto; pero Mendizábal fue un gran hombre. ¡Cuidado si tuvo mérito sacar la quinta de los 100.000 hombres!
Tirso hacía inútiles esfuerzos por disimular su disgusto. En vano afectaba oír en calma aquellas cosas. Su desagrado no era pena, sino ira, viendo que no se había equivocado cuando, a poco de poner el pie en la casa, imaginó que allí no había devoción ni creencias.