—Un ratito.

—Pues vamos primero por las drogas; luego aguardaremos juntos, y le diré a usted lo que deseo.

Tirso hablaba con acento severo: su madre le oía con una curiosidad mezclada de temor.

—Pero hombre, ¿qué es ello? ¿Pasa algo malo en casa?

—No: ¡si he salido yo casi al mismo tiempo que Vd.! Nada ocurre; pero quiero que hablemos.

Entró doña Manuela en la botica, esperola él a la puerta, y apenas la vio salir, continuó de este modo, mientras ella le seguía dócilmente:

—Vámonos ahí al lado, al pórtico de San Isidro.—Y subieron las escaleras de la iglesia.

—Mire Vd., madre, yo no quiero callarme: estoy disgustadísimo. Desde que llegué a Madrid tengo el alma llena de tristeza...

—Lo comprendo, hijo: nuestra situación no es para menos. ¡Si vieras la crujía que hemos pasado!... ¡Y lo que queda!...

—No es nada de eso.