—Pues no te entiendo.
—Ahora me comprenderá Vd. Mi obligación era decir a mi padre lo que voy a decirle a Vd., pero creo que con Vd. me entenderé mejor: además, su carácter y su estado... Más adelante veré lo que he de hacer.
—¿Carácter, dices? ¡Si el pobre no molesta a nadie ni se enfada nunca!...
—Quizá por esa bondad tengamos mucho que llorar.
—¡Explícate, por Dios, hijo mío!
—Sí, madre; mucho que llorar y que sentir. Vaya, clarito; en casa no hay religión, y donde falta la religión todo está perdido. Así les castiga a ustedes Dios.
—¡Castigarnos Dios!
—¡Le parecen a Vd. pocas penas esa enfermedad, esa escasez, esos sufrimientos!...
—¿Y qué le hemos de hacer? Todos trabajamos. ¿No has visto la vida que llevan tus hermanos y lo que yo me afano?
—¡Pregunta Vd. lo que pueden hacer! ¡Parece mentira! Es imposible que Dios ayude a ustedes.