—Aunque me lo ocultéis—repuso Pepe—veo que aquí anda la mano de Tirso.

—No sé, pero, hazte cargo; estando él aquí, parece feo que nadie oiga misa.

—Eres lista y comprenderás mi temor. Sabes que en estas cuestiones hace entre nosotros cada uno lo que quiere. Papá y yo no creemos en ciertas cosas, y nunca hemos practicado, como dicen los devotos: vosotras no lo habéis hecho porque no habéis querido, pero nadie os ha obligado a ser judías.

—¡Hombre, judías no somos!

—Bueno; supongamos que ahora os da por ahí, en esto no me meto. Lo triste sería que las advertencias, los consejos, acaso las amenazas de Tirso, lograran que cayeseis en exageraciones: en cuanto a papá, y a mí, no hay quien nos haga, por ejemplo, ayunar, comer de viernes, ni cometer tonterías por el estilo.

—No creo que se meta en eso.

—Conviene precaverlo todo. Si esto ha sido cosa de Tirso y ha empezado por hacerla ir a misa, luego querrá que confiese, vele al Santísimo y vaya a las Cuarenta Horas, con todo lo cual verás cómo anda la casa y se descuida el atender a papá.

—Ya estás creyendo que se nos ha entrado la Inquisición por la puerta.

—Milagro será que no pretenda hacernos a todos beatos.

En aquel momento sonó la campanilla y Leocadia corrió a abrir. Era doña Manuela, que al hallarse frente a Pepe se sintió inmutada.