—¿De qué color era la casulla?—le preguntó él bromeando.—¿Y por qué te quedas así, mamá? ¡Ni que fuera yo un guardia civil!
—¡Como tienes esas ideas!
—No vayas a pensar que me enfado: ni tengo derecho, ni hay por qué. Pero sentiría, si anda en ello la mano de Tirso, que acabe por sorberte el seso y te convierta en una de esas devotas que se comen los santos.
—Tanto, no; pero un poco de religión, no viene mal.
—¿Como de cuando en cuando una purga?
—Que te oiga tu hermano, y disputa al canto.
—Tienes razón: más vale que no me oiga, porque acabaríamos riñendo.
—Mira, hijo, no tengamos algún disgusto por vosotros.
—Por mí, no, mamá; puedes estar segura. Con tal que él no extreme las cosas y pretenda que nos demos duchas de agua de Lourdes.
—¡Te advierto que a mí no me ha dicho nada! He ido a misa porque, estando aquí él, me parecía feo...