Esta disculpa no exigida, ni siquiera rogada, fue para Pepe un rayo de luz: ya no le cupo duda de que las idas a la iglesia eran obra del otro. Propúsose desde entonces tener mucha paciencia, observar, exagerando la prudencia, y prepararse a contrarrestar enérgicamente el influjo de su hermano cuando fuese necesario. ¿Qué determinaría esta necesidad? No era fácil adivinarlo. Si los manejos de Tirso quedaban reducidos a imposición de misas y rosarios, el caso no valdría la pena de intervenir en ello: lo malo sería que lentamente, sorbida la madre por la devoción, pretendiera luego variar la vida de la casa, que llevase a mal las ideas de su marido, que surgieran las exigencias, la intolerancia, el enojo por la falta de piedad y cuanto el fanatismo religioso trae consigo. Pepe sabía que la religión es, con respecto del incrédulo, lo que la seducción respecto a la mujer: el primer favor, la primera condescendencia, es prenda de vencimiento inevitable. Hasta dónde puede llegar el triunfo, nadie lo sabe; que así como la virtud, rendida por la pasión, pierde su albedrío, así el alma, avasallada por la fe, reniega de su propio criterio. Y como el de doña Manuela era escaso, y Pepe, a pesar del cariño que la profesaba, no lo desconocía, si el fanatismo se enseñoreaba de su espíritu, aquel hogar, siempre tranquilo, se trocaría de pronto en una sucursal del infierno. «Es natural—pensó tratando de bucear en la intención de su hermano—con papá y conmigo no se atreve: si emprende campaña para moralizarnos, procurará primero conquistarlas a ellas. Que las haga rezar cuanto quiera; por mí, hasta que chupen las cuentas del rosario, pero armar aquí peleas por defender a los curas trabucaires, malgastar dinero en novenas y desatender a papá por vestir al niño Jesús, lo que es eso... ¡de ningún modo!»
Trascurrieron unas cuantas semanas sin que la situación variase notablemente, pero sin que a Pepe le pasara inadvertido el menor detalle de lo que ocurría. Las novedades más salientes fueron poner la madre los viernes un pucherito aparte para Tirso, que no quería comer de carne; colocar a la cabecera de la cama de matrimonio una cruz de madera; detenerse los domingos en misa un ratito más que los primeros días, y comprar un devocionario impreso en caracteres gruesos, propios para persona a quien los años han fatigado la vista. Además, Leocadia comenzó también a ir a la iglesia y ambas dieron en repetir la oración que decía Tirso antes de las comidas.—«¿Dónde diablos habrán aprendido este rezo?»—se preguntaba Pepe.
Poco le duró la duda. Una mañana, buscando unas tijeras en el costurero de su hermana, halló en él, entre los hilos y cintas, un librito, en cuya portada se leía este título: Oraciones nuevas para todos los actos de la vida, que son otros tantos escudos contra las malas tentaciones. Lo abrió sonriendo, y vio era el más completo repertorio de peticiones y acciones de gracias que imaginarse puede. Habíalas, hechas como de encargo, para antes y después de comer, para las horas del sueño y el trabajo, y hasta para torpes casos a que no sospechó Pepe pudieran estar sujetas su madre y hermana, como uno que llevaba este epígrafe: Para cuando sintamos deseos lascivos.
Después, en unas páginas a manera de prólogo, leyó entre otros párrafos, el siguiente:
«Los esfuerzos que hagan los padres por convertir a sus hijos, las tentativas de éstos para inculcar la piedad en el corazón de sus mayores, las instigaciones de los amos para despertar la devoción en el inculto natural de sus criados y las piadosas mañas de los sirvientes para someter la mente de los señores al temor de Dios, serán por Él premiadas y bendecidas. No hay paz en la casa del impío, ni es justo el que tolera impíos a su lado. Cuanto con mayor vínculo estemos unidos al impío, más imperioso es el deber de convertirle, hasta humillándole, si es preciso. Mejor es quedar mal con nuestros padres de la tierra, que perder el amor del Padre que está en los cielos. Acordémonos, hermanos míos, del glorioso San Agustín, que decía: Ni mi madre ni las amas que me criaron se llenaban a sí mismas los pechos de leche, sino que vos, Dios mío, erais quien se los llenaba. Bueno es el amor a los padres, pero mejor es el temor de Dios, y no le teme quien soporta a su lado padres ateos, hijos herejes, criados blasfemos o amigos descreídos. Con hierro ardiendo se cauteriza la mordedura del perro hidrófobo: con el divino fuego de la fe debe quemarse el miembro podrido en la familia donde lo hubiere.»
—¡Qué brutos!—exclamó Pepe sin leer más, y dejando el librito donde estaba.
Aquella noche Pepe y Millán, terminado su trabajo, salieron juntos de la imprenta.
Las calles de los barrios bajos estaban solitarias y sombrías: apenas de cuando en cuando encontraban los dos amigos una pareja enamorada, que iba acortando el paso por prolongar el diálogo, algún sereno sentado en el escalón de un portal, o un mancebo de tienda de comestibles con la puerta entreabierta en espera del matute. El aire, gratamente fresco, parecía limpiar de impurezas el ambiente; y, a ratos, el rodar de un coche interrumpía el silencio, perdiéndose luego rápidamente el ruido en la distancia. Millán iba callado: Pepe, a más de silencioso, triste y pensativo, como ensimismado.
—¿Te pasa algo? Parece que te han dado cañazo—le dijo Millán.
—Estoy de muy mal humor.