—¡A tu hermano y en tu casa! Callar y marcharme; pero, lo confieso, me dieron ganas de meterle un tomo por los hocicos. ¡Lo menos se ha figurado el hombre que llevo a la chica libros de mal género!
—¡Qué burro!
—Falta lo mejor. Era la primera vez que Leo y yo nos separábamos así, poco menos que incomodados, y me faltó tiempo para volver el lunes. ¿Te acuerdas de que fui por la tarde con el pretexto de las pruebas y estuve hablando con ella?
—Sigue, sigue: ¿y qué te dijo?
—Hombre, hay cosas que no se pueden explicar punto por punto. Ya comprendes tú la diferencia que hay de estar una mujer cariñosa, que le rebose la satisfacción de verse querida, a estar fría, esquiva, como a quien no se le importa nada del hombre que tiene al lado.
—Pues una de dos: o estás equivocado, y no hay nada de lo que sospechas, o Tirso tiene la culpa; y en este caso, no cabe duda, en mi casa va a haber más guerra civil que en el Norte.
—Mucho lo temo; y respecto a lo que veníamos hablando, creo que Leo no está ya por mí.
—Vamos con tiento. ¿Tienes algún lío, algún trapicheo que sabido por ella la haya enojado?
—No: palabra de honor.
—Bueno; pues yo pondré las cosas en claro.