—Sí, con tu señor hermano. Leocadia no se muestra conmigo igual que antes, ni tan expresiva, ni tan cariñosa... ha variado mucho, y la mudanza coincide con la llegada de Tirso, mejor dicho, con las idas de tu madre a misa. En una palabra, temo que, así como ha influido en doña Manuela para que rece, trata de conseguir que tu hermana no me quiera... Le seré antipático... ¡qué sé yo por qué!
—Eso a él ¿qué le importa? ¿Y por qué has de serle antipático?
—¡Pareces bobo! ¿No me ha oído hablar? ¿No sabe que pienso como tú y tu padre? ¿No viste la cara que puso el día de la discusión sobre las iluminaciones origen de las pedreas a los retratos del Papa? Me parece que siendo cura, y con su vehemencia, tiene bastante. Lo menos creerá que la chica está en amores con Pedro Botero el de las calderas.
—¿Supones que ha hablado a Leo en contra tuya?
—No lo sospecho: estoy seguro, como si lo hubiese oído.
—¿Y te fundas?...
—Un libro te ha puesto de mal humor: otro me ha hecho a mí comprender lo que sucede. Ya sabes que tu hermana siempre me está pidiendo libros que leer; y que yo la llevo novelas; a una mujer no le vamos a dar la colección legislativa. Pues bien; el domingo pasado, al devolverme el penúltimo tomo de Nuestra Señora de París y otro de Ivanhoe, me dijo:—«No me traigas más, Millán; ahora no puedo distraerme, tengo mucho que trabajar.»
—No es verdad: hace dos semanas que no le dan labor.
—Por eso advertí lo que ocurría. Al poco rato, tu padre, sin saber que Leocadia se resistía a que yo la llevara lo que faltaba de Nuestra Señora, me dijo delante de tu hermana que no tenía trabajo, y ella se marchó del comedor en seguida. Cuando nos despedimos en el pasillo la pregunté a qué obedecía aquello y respondió con evasivas. En esto salió Tirso de su cuarto y, como quien está enterado de lo que oye tratar, me dijo:—«¿A qué insistir? ¿No ve Vd. que no quiere leer indecencias?»
—¿Y qué le contestaste?