—No: debes reflexionar mucho lo que hagas; y... vaya, chico, no pensaba contarte nada; pero ya que hablamos de esto, allá va: estoy seguro de que te harás cargo de mi situación.
Calló Millán un instante, como dudando si decidirse a hablar, y viendo reflejada la impaciencia en el rostro de Pepe, continuó de este modo:
—Me parece que no vuelvo a poner los pies en tu casa, al menos por ahora.
—¿Por qué, si allí nadie te ha ofendido?
—Vamos por partes. No es nueva para tí la noticia de que yo quiero a tu hermana.
—Y que mis padres y yo nunca lo hemos llevado a mal. Nuestra situación...
—No se trata ahora de eso: sé como vivís, y no me ofenderás suponiendo que yo me haya podido fijar en si tenéis o no tenéis. Leocadia, puedo decirlo sin vanagloriarme... yo la quiero, ¿eh? pero ella, vamos, me parece a mí que también daba señales de quererme; y digo daba...
—Tú me decías que si estaba yo de monos con la otra, y ahora resulta... Esas son cosas vuestras. A tí y a ella os sé de memoria: total, cuatro días de enfado. Ninguno de vosotros es capaz de portarse mal... y si reñís... ¿yo qué le voy a hacer?
—Escucha y ten calma. Mucho me equivoco, o lo que me sucede está relacionado con tu hermano.
Pepe, al oír esto, se paró en medio de la acera, mirando a su amigo con la mayor curiosidad.