Pepe puso a su amigo al corriente de todo, explicándole cómo Tirso había logrado que doña Manuela y Leocadia fueran a misa, que recitaran con él las oraciones a la hora de comer, la compra del devocionario y el hallazgo del librito, sin omitir el piadoso espíritu que avaloraba sus páginas, y terminó preguntando con acento irritado:

—¿Qué te parece?

—Lo primero, debes tener mucha cachaza y muy mala intención. Esos no son más que síntomas; pero tienes que andarte con cuidado.

—Tirso me dirige la palabra lo menos que puede: no sé de qué modo se las compone; pero lo arregla de suerte que, cuando yo entro, él sale, y viceversa; me habla poco, con cortesía, y sin entrar nunca en conversación larga. Con papá hace casi lo mismo: a mamá y a Leo es a quienes él quiere ser simpático.

—Lo de siempre: apoderarse de las mujeres para hacer guerra a los hombres.

—Temo que no te falte razón.

—Pues chico, mucho ánimo, y a evitar lo que pueda sobrevenir. Estás expuesto a que se convierta la casa en un reñidero de gallos.

—¡Primero le tiro por la ventana!

—Créeme; nada de violencia. Lo que debes evitar, ante todo, es que tu padre sufra las consecuencias; y figúrate la pena que le ocasionarías disputando con Tirso.

—Entonces, ¿voy a cruzarme de brazos?