Primero, cierto espíritu novelesco, propio de niña libremente educada, hizo que Paz se encaprichara con el amor de Pepe: después, cuando llegó a comprender lo mucho que él valía, aquella inclinación se acentuó insensiblemente y, lo que al comienzo fue juego de la imaginación, vino a ser, del modo más natural y sencillo, sincero y bien arraigado amor. El empleadillo, como ella imaginaba que sus amigas le llamarían si llegaran a conocerle, se le había entrado al alma, persuadiéndose de que le quería porque empezó a temer la cara que al saberlo pondría su padre, a pesar de los alardes democráticos que solía hacer en el Parlamento. Pero no era esto lo que más la desazonaba. Su inquietud nacía de ver disgustado continuamente a Pepe, y el convencimiento de estar enamorada brotó de aquella relación que estableció su inteligencia entre la pena que ella sentía y la inquietud que él mostraba. Cuando Paz se hizo cargo de que, aun ignorando la causa, el pesar de su novio la entristecía; cuando, sin poder aquilatarlo, sintió como propio un dolor ajeno, entonces advirtió que en su corazón comenzaba a reinar una voluntad distinta de la suya, y que aquel hombre, sólo con lealtad y buena fe, iba apoderándose de su albedrío lenta, pero seguramente, como río caudaloso que profundiza el cauce en que se sustenta. Paz, en apariencia frívola, a semejanza de todo el que no ha sufrido, pero muy lista, se persuadió pronto de que amaba, porque su pensamiento, lejos de amedrentarse ante las contrariedades que podía el amor ocasionarla, se fijó exclusivamente en el dolor del hombre a quien quería. La primer muestra de pasión verdadera, fue la sinceridad con que le habló.

Una mañana, estando en la biblioteca de su padre, que era donde se veían en los ratos que aquél faltaba de allí, dijo a Pepe, empleando su lenguaje ligero y franco, entonces más franco que nunca:

—Tengo que decirte una cosa muy grave.

—¿Qué?

—He hecho un descubrimiento: que tú no me quieres y que yo te quiero mucho más de lo que me figuraba.

—No te entiendo.

—Clarito, hijo; que tu amor—emplearemos esta palabra, para mayor solemnidad, aunque ya sabes que a mí me gusta más decir cariño—pues bien, que tu amor es mucho más tibio que el mío.

—Veamos cómo se demuestra ese grandísimo embuste.

—De un modo muy sencillo. Pase que siempre me estés aburriendo con lo de ser yo rica y tú pobre, por supuesto, que no me ofendo; pase la manía de los celitos, que no tienen sentido común; pase el estarte sin venir tres y cuatro días seguidos, para que te espere con más deseo...

—No: por miedo a que tu padre adivine lo que ocurre.