—Déjame acabar: lo que no pasa, es que tengas disgustos, que estés apesadumbrado y me lo calles. ¿Tan tonta soy, que no sirvo para decirte ni una palabra de consuelo?
—¿Y qué tiene que ver esta ternura, alma mía, con el descubrimiento?
—Pues no puede estar más a la vista. Que tú, sufriendo y ocultándomelo, revelas una falta grande de confianza, que es falta de cariño; y yo, aquejerándome, como dicen en Andalucía, por tu reserva, demuestro quererte mil veces más.
—Pero, ¿de dónde has sacado tú que tengo disgustos?
—Eso te faltaba, añadir el disimulo a la falta de confianza. ¿No quieres decirme lo que te pasa?
Pepe, que prefería hablar sólo de su amor, o que se había propuesto callar interioridades de su casa, contestó negando, y Paz acabó por decirle:
—Si crees que es mera curiosidad, no despliegues los labios; pero conste: quedo en libertad para averiguarlo.
—Averigua lo que se te antoje, pero quiéreme mucho.
La entrada de don Luis cortó el diálogo. Paz se había propuesto saber a qué atenerse respecto al origen de la tristeza de Pepe, y cuando una mujer enamorada forma resolución semejante, el secreto puede darse por descubierto. La obstinación de Pepe en callar fue inútil: Paz puso tanto empeño en saber los disgustos de su amante, como éste en seguir paso a paso los incomprensibles manejos del cura.