—¿Eres capaz de hacerme un favor? La verdad, y sin que nadie se entere.
—¿Ni el señor Pepe?
—Menos que nadie.
El chico la lanzó una mirada que no pudo ser más expresiva. Paz comprendió que quizá hacía mal; pero ya no era posible retroceder.
—Te advierto que se trata de algo que nos interesa mucho a él y a mí.
—No hay más que hablar.
Pero esta sumisión fue acompañada del firme propósito de contárselo todo a Pepe.
—Vamos a ver: ¿Qué le pasa? ¿Qué disgusto es el que tiene? ¿Sabes algo?
—Nada, ni jota.
—Es necesario que lo averigües. Temo que le quiten el destino que tiene en la biblioteca del Senado, y quisiera estar prevenida para parar el golpe. ¿Sabes tú si es esa la razón de que esté hace ya muchos días tan tristón? ¿De veras no puedes decirme nada?