Pateta cayó en la red.
—Yo, de eso del destino, no sé ná: preguntaré. Por lo demás, no sé qué le pué haber pasao. En la imprenta todo anda como siempre... Como no sea por lo del cura...
—¿Qué dices de imprenta? ¿Qué imprenta es esa?
—¡Toma! ¿Cuál ha de ser? La nuestra, es decir, la del señor Millán.
—¿De modo que el señorito trabaja también en la imprenta?
—Como que es el primer corretor y le dan deciocho riales, y eso que no va más que por las noches. ¿No lo sabía Vd.?
Paz, temerosa de que Pateta se escamara, le dijo, mintiendo:
—Sí, hombre, ¿no he de saberlo? Pero creía que se llevaba el trabajo a su casa.
—¡Quiá, no señora! tié que hacerlo allí.
—Y eso del cura, ¿qué es?