—Su hermano, ¿está Vd.? es cura y ha venío hace cosa de dos meses; y como es cura y muy carca, les está golviendo tarumba, y trae la casa patas arriba; quié que vayan a misa, que recen más que un ciego; en fin, que no le puén aguantar... ni yo tampoco.
—¿Por qué?
—Hasta conmigo se ha metío el muy lioso. El domingo pasao tuve yo que ir a trabajar medio día, porque había prisas, y luego le yevé al señor Pepe unas pruebas a su casa; y como era domingo, y yo, aunque me esté mal el decirlo, soy corneta del batallón de Voluntarios de la Libertad de mi barrio, fui de uniforme, pá no tener que andar dos veces el camino. El cura estaba en la puerta, quiso que le dejara las pruebas y, como yo no le conocía y tenía orden de ver al mismo señor Pepe, ¿está Vd.? no me dio la gana. Mire Vd., señorita, se puso hecho una fiera, y lo que me dio rabia fue que me se rió del uniforme: me llamó mamarracho, y dijo que me fuera a estudiar la dotrina. Yo, la verdad, como aún no sabía que era hermano del señor Pepe... Vamos, que me despaché a mi gusto: le llamé cucaracha, carca, tóo lo que me se ocurrió.
—¿Y dices que ese hermano trae revuelta la familia?
—¡Ya lo creo! Si no fuera por miedo a dar una pesadumbre al señor viejo, ya le había don Pepe plantao en mitá el arroyo. Figúrese Vd., señorita, que una de las cosas que más rabia le han dao al señor Pepe, ha sido que ha hecho reñir... Verá Vd.: la señorita Leocadia se hablaba con el señor Millán, mi amo; vamos, que eran novios, como quien dice, y el cura ha metío zizaña y los ha desapartao. Por supuesto, que no estarían muy encariñaos, porque no hubieran reñido así... tan fácilmente, ¿verdad?
—Pero tu amo y el señorito Pepe no han reñido.
—¡Quiá! ¿No ve Vd. que los dos están convencíos de que la culpa es del cura? A la madre la tié tonta a fuerza de rezos... ¡Ya sabe el señor Pepe a qué atenerse!
—¡Sí que son motivos de disgusto!
—Fuera de eso—continuó Pateta—siempre ha estado de buen humor: hasta cuando tuvo que dejar la carrera, que a poco entró en la imprenta... y como si ná: él, en trabajando, ya está contento. No sabe Vd. la vida que yeva: él aquí con su papá de Vd., él en la imprenta, él en el destino que ice Vd. que le quién quitar. Es una fiera pá el trabajo, y cuanto gana, a su casita. No gasta más que en tabaco y algún realejo que me da pá mí.
—Vaya, adiós; vete, no sea que nos vean—añadió Paz, alargándole en la mano una monedita de dos duros.