Pateta, sin desasirse de la verja, repuso sonriendo, y con entonación muy achulada:
—¡Quiá!
—¡No seas niño, toma!
—¡Quiá, no, señorita!; ¡si yo hago lo que hago por el señor Pepe; pero a mí no me da Vd. ni eso, ni tan siquiera un chavo!
Paz seguía con la moneda en la mano, más avergonzada que el chico.
—¿Me haces un feo?
—Eso no: y pá que vea Vd., deme usted esa rosa que tiene Vd. prendida en el pecho: luego yo se la doy a mi novia: Vd. tendrá muchas así, y de esas no se venden en la calle.
Paz, movida de un sentimiento de mujeril delicadeza, corrió a la estufa, cortó dos magníficas rosas y, dándoselas al chico, además de la que llevaba prendida, le dijo:
—Estas dos, las mayores, para tu novia: esta otra pequeña, la que yo tenía puesta, para Pepe: ¿entiendes? ¿Conque tienes novia?
—Pues, ¿qué cree Vd., señorita, que soy de palo? Entendido: las mayores pá mi chiquiya, y la otra pá el señor Pepe.