—Adiós, y de lo que hemos hablado antes, ni una palabra... chitito.
—Corriente: quede Vd. con Dios, señorita, y gracias.
Ella se entró en el hôtel y él desapareció tras las tapias de unos corralones cercanos.
Paz supo más de lo que esperaba averiguar. El origen de las cavilaciones de Pepe por la conducta de su hermano la disgustó sobremanera; pero lo que hizo en su pensamiento más mella, fue saber que Pepe trabajaba de corrector en la imprenta. El dueño de su albedrío era algo menos que un empleadillo.
Por causa análoga, Leocadia, la muchacha de condición humilde, sin esperanza de fortuna, se mostró esquiva con su novio: Paz, en cambio, sintió entonces hacia su amante una simpatía firme y serena, en que había algo de respeto. A medida que su diferente posición tendía a separarles, más se aferraba ella a su cariño.
Un suceso ignoraba Pateta, y también Pepe lo ignoró durante algún tiempo, que contado por aquél a Paz, hubiese podido sumarse al capítulo de culpas hecho contra Tirso: el rompimiento de Leocadia con Millán.
Despreciado por ella, puso él los ojos en otra. Había entre los cajistas de la imprenta uno casado dos años antes con una muchacha llamada Engracia, sastra, muy guapa, modosa, de dulce condición y digna de mejor trato que el que le daba su marido. Era el tal, jugador, holgazán, pendenciero, pero, sobre todo, borracho, y con tan mal vino, que su desdichada compañera podía contar las copas que empinaba por los guantazos y empellones que ella recibía luego. Escatimarla la comida, empeñar las ropas, trampear en la taberna y volver el sábado a casa con el jornal mermado por el vicio, eran sus principales hazañas, amén de mirar a la pobre muchacha con el mayor despego. A Engracia la casó su madrastra, prendera, que, según voz pública en el barrio, tenía gato, con propósito de quitársela de encima, y ella admitió los primeros requiebros del cajista por salir del poder de tan mala pécora. Mientras confió el mozo, y la prendera supo hacerle esperar, en que la boda le proporcionaría cuartos, ocultó sus mañas; pero verificado el matrimonio, libre la madrastra, sujeta Engracia y chasqueado el novio, comenzó éste a dar mala vida a la muchacha. Afortunadamente, sus brutalidades duraron poco. Cierta noche, al cerrar la taberna en que se había emborrachado, el dueño de la tienda le arrojó a torniscones, y él se quedó tumbado en la acera, sin abrigo ni gorra. Cuando llegó a su casa, de madrugada, tosía más que un asmático, y a los quince días murió en el hospital, dejando a Engracia un niño de pocos meses. Sus compañeros, como todos los de tan noble oficio, en que tales casos son raros, tenían formada una a modo de sociedad de socorros para auxiliarse en los trances duros de la vida, y acordaron entregar a la madre viuda una cantidad de dinero. Millán puso algo de su bolsillo y mandó a Engracia recado para que fuese a recoger el total. Poco después, con ánimo de socorrerla indirectamente, y sabiendo cuál había sido de soltera su oficio, la dio alguna ropa que arreglar, y, hoy un viaje de él a su casa, mañana una visita de ella a la imprenta, al cabo de algunas semanas, como esto coincidiese con el acentuado desvío de Leocadia, comenzó a fijarse en Engracia, requebrándola entre rudo y amartelado con una delicadeza a que ella no estaba acostumbrada. La hermosura de la viuda, su desamparo y la juventud de Millán hicieron lo demás. La mujer se manifestó luego cada día más cariñosa, medio agradecida medio amante; él instintivamente apreció sus cuidados, quizá fijándose en el contraste que formaban con la arisca condición de su antigua novia, y sus existencias se unieron, formando el hermoso maridaje de la desgracia y el consuelo bendecido por el amor. Lo que más cautivó el corazón de Engracia, fue la dulzura con que Millán trató a su chico. Acaso el tierno afecto de la madre no fue sino el premio espontáneo de las caricias que el niño recibía.
De todo esto no tuvo Pepe conocimiento hasta mucho tiempo después, y Pateta tampoco lo sabía cuando habló con Paz: de suerte que ésta lo ignoró por completo.
XVIII
Doña Manuela iba entre tanto sometiéndose mansamente a la influencia de Tirso: su carácter débil aceptó la inclinación que éste quiso darle, como hubiera tolerado cualquier otra. Nadie hasta entonces la dijo lo que su pensamiento había de acoger o rechazar, y fue indiferente en religión por serlo los que la rodeaban, que a ser fanáticos en cualquier sentido, fuéralo ella también. Tirso acertó antes que otro a encauzar su docilidad, y la buena mujer no ofreció resistencia, porque no hubo lucha en su espíritu ni asomo de contradicción entre las creencias propias y los consejos que escuchaba: el hijo cura no tuvo que desarraigar otra planta para sembrar en aquella tierra virgen; bastó que dejase caer la semilla: doña Manuela empezó a manifestarse devota con esa religiosidad externa que se ciñe a fórmulas preconcebidas y rezos como estereotipados para que las generaciones los repitan inconscientemente. La extraña poesía de la religión, compuesta de misterios ininteligibles, esperanzas mal definidas y amenazas tremendas, la sedujo con el encanto de lo extraordinario y, rechazando instintivamente las abstracciones, que tampoco Tirso hubiera podido explicarla, acogió de buen grado lo que hiere la imaginación. No entendió nada de la perfección humana en el seno de Dios, ni del vino que engendra vírgenes, ni del divorcio de la carne y el espíritu, ni del himeneo místico del alma y el Señor; pero, en cambio, la epopeya de la Pasión, narrada día por día, detalle por detalle, como vista de cerca, la impresionó mucho. Los suplicios de los primeros mártires, la mansedumbre de las vírgenes, la magia de los milagros, ejercieron en ella influjo análogo al que produce en cabezas infantiles la relación de cuentos maravillosos, y la admiración por todo esto engendrada sirvió para aumentar sus devociones, que cumplía con mayor facilidad según iba descifrando algo de lo que significaban. La misa, que en un principio juzgó ceremonia cansada y larga, fue pronto para ella representación de lo que sufrió el hijo de Dios, que por nuestras culpas se dio, y sigue dándose en cuerpo y sangre como precio de la redención humana; las letanías, antes enojosas, sartas de frases que no entendía, adquirieron carácter de plegarias gratas a sus labios, dulces al oído de aquéllos a quienes iban dirigidas; el rosario, que consideró retahíla de inútiles repeticiones, acabó por parecerle saludo de palabras augustas, recuerdo de las mayores penas y dichas que sufrió la Madre del Salvador del mundo. La interpretación de ciertos simbolismos y la sorpresa de ver explicadas cosas que antes no comprendiera, derramaron en su alma una satisfacción tranquila, un goce exento de egoísmo, pero que llegaba a producirla cierta excitación, haciéndola experimentar aquella complacencia propia de los cerebros débiles que, al descubrir algo nuevo para ellos, piensan haber hallado lo verdaderamente extraordinario. Las vidas de los santos, sus martirios y milagros, que Tirso solía leerla en el Año Cristiano, traducido del P. Croisset, eran para su imaginación como novelas de interés grandísimo, y la relación de aquellos gloriosos dolores y glorificaciones se le antojaban impregnadas de encantadora poesía. Si en la existencia de los que corrieron al martirio había algo ridículo o absurdo, ella no lo notaba, dispuesta y preparada por Tirso a percibir sólo el aroma de las virtudes que aquellas narraciones exhalaban. El beato Bernardo de Corleón, que bebía agua de fregar; Santa Senorina, que imponía silencio a las ranas; Santiago el Menor, que a fuerza de hincarse de rodillas crió en ellas callos como los camellos; San Toribio Mogrobejo, que nadaba entre caimanes como quien se baña con amigos; Santa Catalina de Sena, que una vez pasó desde el principio de Cuaresma a la Ascensión sin más alimento que la comunión; Santa Inés de Montepoliciano, que viendo imágenes de Cristo brincaba en la cuna de alegría; y la beata María Ana de Jesús, que dormía desnuda sobre manojos de zarzas y cambrones, eran figuras que desaparecían ante otras aureoladas de admirable grandeza; vírgenes con los pechos cortados a cercén, doncellas que desafiaban a los pretores romanos, niños cruelmente perseguidos y hombres que, ofreciendo a Dios el espíritu, entregaban la materia al dolor, como amada que se rinde a su amante.