La piedad de doña Manuela fue manifestándose por diversos síntomas. Comenzó a frecuentar asiduamente la iglesia, y se cuidó poco de ocultar a su marido y a su hijo menor la trasformación que en ella se operaba. Una noche, como Pepe llegase a casa más temprano de lo acostumbrado, entró, abriendo cautelosamente con su llave, por no despertar a los que reposaran y, oyendo rumor de voces apagadas, se detuvo a escuchar en el pasillo: halló entornada la puerta del comedor, y miró. Doña Manuela y Leocadia, terminado ya el rosario, estaban haciendo acto de expiación por las culpas propias y ajenas.
Tirso decía las frases expiatorias y ellas contestaban a una.
—Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos; por los del mundo entero, perdón, Señor:—y ellas repetían:
—Perdón, Señor.
—Por las blasfemias, por la profanación de los días santos, perdón, Señor...
—Perdón, Señor.
—Por la desobediencia a la Santa Iglesia, por la violación del ayuno.
—Perdón, Señor.
—Por los crímenes de los esposos, por las negligencias de los padres, por las faltas de los hijos.
—Perdón, Señor.